HUMOR

La crisis de la bimaternidad

Apreciados maifrens,

Siento mi ausencia en el blog, pero tengo que confesar que la bimaternidad me ha dado en toda la boca. Con la mano abierta. Así, de repente y sin previo aviso, mi vida laboral, familiar, la vida en pareja, mis pocos momentos para escribir… todo se ha visto afectado por el tsunami de tener a la segunda cachorra.

explosion

Y es que nosotros, que tiramos para adelante por inercia, sin pensar y con los ojos en cuenca porque si paramos tres minutos nos quedamos en coma hasta de pie, decidimos una noche de borrachera que de perdidos al río y de una a dos no íbamos a notar tanta diferencia. OH. MAI. FUCKING. GOD.

Mi sangre y la del dulce de leche forman una mezcla genética explosiva que parece que en lugar de tostadas, nuestra descendencia desayune kilos de anfetaminas que te dejan al borde del precipicio mental desde que sacan un pie del portal.

Como el otro día que teníamos que coger el bus, pareciendo una cosa sencilla y cotidiana para un ser humano sin hijos que duerme toda la noche del tirón y que no van por la calle desgañitándose para que sus hijas dejen de jugar a la ruleta rusa en los pasos de peatones, y a mí la cosa se me complicó nivel scape room de la maternidad.

Juego

Pero eh, que si buscáis el segundo no os preocupéis que yo veo otros niños de la edad de mi hija con hermanos y acompañados de madres que hablan despreocupadas en la parada del bus sin moverse ni un centímetro, y la mía, que la llevo cogida de la capucha porque llevarla con correa está mal visto, a los dos metros de salir del edificio ya se ha intentado tirar haciendo la croqueta en la carretera un par de veces porque “mama, es que he vist pulpulina”. Y le da igual que le digas que eso no es purpurina, que es una piedra con trazas de ébola, que la carretera va a ser su mayor atractivo y va a tener otros intentos fallidos de suicidio a no ser que le des el móvil para distraerla. Y darle el móvil a la niña genera dos situaciones incómodas: la primera es la mirada de desaprobación de las otras madres con niños-que-sólo-parpadean, aunque afortunadamente lo que piensan los demás dejó de importarme en la sala de partos cuando gritaba “¡Por favor hagan algo que la niña se ha equivocado de agujero y me sale por el culo!”, y la segunda, algo más peliaguda para mi salud mental,  es la furia de la Señora de Albacete expresando su desaprobación por el comodín del público que me he sacado del bolsillo, tirando patadas voladoras desde el cochecito, por si te pilla una y te saca un morado en la espinilla, porque ella también quiere ver bullshit audiovisual.

Ahora tengo DOS TERRORISTAS pero sólo UN TELÉFONO de esos que no deberían tocar hasta los quince años porque les fundirá las retinas (pray fo sus retinas). Así que mientras sigo notando las miradas clavadas en la nuca de las marichochis que generan genética infantil a lo Bob Marley, le digo a la de Murcia si puede ponerse al lado de la de Albacete para COMPARTIR, en voz alta y clara para que vean que igual me salvo el culo que trato de inculcar valores sobre la marcha. Pero ¡OH CHOPRECHA! La de Murcia que ha visto que podía tocarle los huevos a su hermana sin mover ni medio dedo te dice que no, que está muy cómoda así. Y la de Albacete, que quiere pelea en el barro, te mira con un “Ovivia támbé vol talessun” moviendo los brazos regordetes y retorciéndose en el asiento del cochecito demostrando que los terribol tú están a la vuelta of the fucking corner.

celosa

Y entonces trato de razonar con la de Murcia con algo que funciona fácilmente: el chantaje. Siento el cuchicheo de las madres con hijos-de-cartón-pluma enfrente de mí: “Venga va, si compartís el teléfono os doy una galleta a cada una” juego mi as-de-la-manga rogando que llegue ya nuestro bus y pueda sentarme a dormir con los ojos abiertos mientras mis hijas disfrutan viendo el baby shark cantado por niñas rusas disfrazadas de Frozen. Y entonces empiezan las peleas porque la de Murcia prefiere ver unboxings que tengo prohibidos, hay unos mínimos bloqueados por si los servicios sociales miran el historial, y la de Albacete la vaca lola en bucle. Y mis cinco segundos de paz mental se convierten en un infierno de gritos y hostias que vuelan delante de mis narices rompiendo los chakras de todos los transeúntes.

Y con la dificultad añadida que llega el bus y nadie se apiada de mi Vietnam personal, vaya a ser que se les enrampe un metacarpiano, por dejarme subir antes con un sujeto llorando porque quiere “que obrin regals” porque lo vio un día con los primos y desde entonces es drogaína pura y la otra, a lo Hannibal Lecter, atada en el cochecito dando bocados en el aire por si pilla a alguna epidermis con la que calmar su frustración. Y en pleno apogeo de estrés, con el móvil en la boca, mientras intento pagar el billete y sentarlas en un sitio que puedan sobrevivir tres paradas, con las niñas llorando nivel “me han sacado le hígado para venderlo en el mercado negro”, me llama el jasban, con esa entonación zen de alguien que ha estado ajeno a las rabietas infantiles, para decirme que va para casa y preguntarme qué compra para cenar, por si tenía algo pensado antes de pasar por el súper.

Y claro, ahí hace un efecto rebota, rebota y con la mano abierta y dos balas del calibre 7 en to’l careto te explota, porque por no saber, no sé ni si llegaremos a casa por nuestro propio pie o escoltadas por los mossos de escuadra, le respondo con carácter poco conciliador y cargado de todo ese estrés que he engullido desde que he salido de casa, que por mí como si cenamos galletas de dinosaurio, que lo único que quiero es hibernar cual oso pardo un mes entero para volver a tener constantes vitales y riego sanguíneo en las cervicales.

Discussion

Afortunadamente, en una de nuestras noches de cita para dos en el comedor que hacemos de tanto en tanto, trincándonos una botella de vino entre pecho y espalda, hicimos un pacto de sangre donde uno de los dos, el que viene fresco de fuera, siempre intenta posicionarse en “modo zen” aguantando el chaparrón estoicamente del sujeto afectado, en una operación que llamamos “matrimonio surviver”, así que el asunto no llegó a mayores.

De la llorera por no tener el teléfono la de Albacete se quedó dormida el trayecto de vuelta, y yo tuve que lidiar con un único sujeto, que, después de haber estado en el infierno eso fue un bonus para mi esperanza de vida y malamentre-trá-trá  para el dulce de leche que le tocaba dormirla por la noche.

Eso sí, cuando estoy a punto de morirme en el pasillo de los congelados  de cansancio extremo y  me giro porque hay un sospechoso silencio en el carro, me las encuentro jugando juntas, cantando y riéndose a carcajada limpia, y ese estrés de llevar cuatro años sin dormir del tirón se convierte en serotonina y me voy casa sonriendo y pensando que tampoco lo estamos haciendo tan mal.

Que la naturaleza es sabia y te mete una de cal y otra de unicornios por las pupilas para que dejes de mirar billetes Honolulu de ida y sin escalas.

CHOCA

Puta vida, tete.

7 comentarios en “La crisis de la bimaternidad”

  1. Me has alegrado el dia! Que alivio! Veo q hay mas gente como yo! Mal de muchos consuelo de tontos, pero a mi me vale!
    Gracias por el texto! No estamos solas! ❤️💪🏼

  2. ¡Qué ganas tenía de leerte! Me acabo de reafirmar en mi decisión de ser monomadre y perpetuar una saga de hijas únicas jaja

  3. Mi primero y mi segundo fueron trampa y claro en mi nivel madremasoca digo coño! Ten el tercero! Pues te puedes imaginar… los dos primeros despertaron y se unieron al pequeño en algo parecido a la tercera guerra mundial.
    😥

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