HUMOR

Herencia genética

Apreciado diario,

Me considero humana, quiero decir, tengo mis días de subidón dónde me vengo a arriba y embuto mis músculos colganderos en unas medias que cortan la circulación hasta la gangrena, y otros días que me pongo lo primero que pillo y llego al trabajo sin saber muy bien ni como he llegado hasta allí.

El otro día, sin ir más lejos, estando en el segundo supuesto, al llegar a la oficina y hacer un café con un compañero me dijo “tienes algo en el jersey que no sé muy bien que es”. Tras analizarlo durante unos segundos no supe discernir si se trataba de pota o de moco seco ya nivel sinusitis. Él, que será padre en breve, al ver cómo sería su futuro en pocos meses, cambió su sonrisa y se quedó todo el día con un gesto rigor mortis en el careto.

Worried

Y mira que no soy muy de compararme con los demás, vaya a ser  por lo de ojos que no ven corazón que no siente, o porque mis sinapsis neuronales ya no dan para nada más que no sean frases cortas como “vigila con el enchufe”, “aquí huele a caca”, “toma, una galleta” y coreografías ensayadas como la de poner el pijama a una niña contorsionista o el pañal a un bebé con aires de ninja. Sí, la de Albacete se ha actualizado y hemos subido un peldaño en la escala de Richter de mortalidad paternal.

Además, afortunadamente para mí, tengo un aliado en mis días de bajona, mi jasban es mi cheerleader particular y se encarga de animarme cuando voy con la cabeza rozando el asfalto. Que eso es de agradecer cuando por las mañanas te levantas con cara de Eduard Punset.

cheerleader

Pero últimamente al ir a buscar a las terroristas, cada una a su centro escolar en la otra punta del distrito que somos muy de hacer iromans caseros, con el rímel por las rodillas, el pelo lleno de frizz y sudando con este entretiempo que no es ni chicha ni limoná, siento que hay algo que se me escapa. Y es que las otras madres van perfectas con su pelo planchado, sus ondas, su abrigo trench sin pelotillas, unos tacones de vértigo y una sonrisa de oreja a oreja que deja entrever unos labios carmín perfectamente delineados.

Y yo, que llevo una imitación de las UGG poco resueltas, vaya a ser por causa del copyright o porque los chinos toman las medidas a grosomodo, que había prometido en su día que sólo serían para estar por casa y se han convertido en mi outfit diario, sólo pensar en hacer el peregrinaje con un poco de tacón me tiemblan los juanetes.

shocked

“Será que sólo tienen un hijo…” me consuelo en una conversación a cara-perro que seguramente tengo en voz alta. Pero los días van pasando con el runrún detrás de la oreja, y el otro día, que la guardería me recordó que tenía que llevar la foto de familia que me pidieron en septiembre para ponerla en el mural de la clase, me fijé que en esas cartulinas cuquis llenas de fotos familiares salen esas madres con sus dos y hasta tres hijos más. Y las fotos las entregaron cuando se las pidieron con calidad fotoprix y no impresas desde la impresora del trabajo que también trabaja “a grosomodo”, seguramente porque viene de Taiwán.

Intenté no darle muchas vueltas aquello y preferí pensar que esos niños no son sus hijos, si no que están tramitados en la seguridad social, víctimas de la explotación infantil y se pasan el día sacando pelotillas de los trenchs, planchando el pelo, echando mechas y hasta lijando moluscos convirtiéndolos en manicura francesa. Y la sonrisa es porque la persona que hizo la foto los apuntaba con una recortada.

gun

Pero luego, al recoger a mis hijas, me dí cuenta que lo nuestro es genético, y que son la única herencia que tienen de mi.

Cuando entré en clase para buscar a la de Albacete, mientras los otros niños estaban de punta en blanco e, incluso, alguno de ellos  con una ropa de gala vintage que ha debido pasar por generaciones de la nobleza sin un despunte, mi pequeño óvulo fecundado, horneado y expulsado, me tiró los bracitos con sus rizos rebeldes intentados chafar con kilos de colonia, que más que un bebé parece un anciano de ochenta años, dos mocos colgando, los pantalones manchados de rotulador, un chichón en la frente y la bolsa de recambio porque se había hecho caca dos veces por la espalda.

Y no os vayáis a pensar que la primogénita se salva, Diana Ross salió con la peluca en modo kinki, como si en lugar de ir a aprender hubiera ido a atracar a una gasolinera, tosiendo nivel tuberculosis, los labios cortados y la ropa manchada que no podía discernir bien si eso era pintura roja o restos de sangre.

kid

Y, además, con cabreo porque no había dormido la siesta. Así que mientras los niños impolutos abrazaban los trenchs sin pelotillas de sus madres y a sus ochocientos hermanos impolutos, yo, que voy con mi abrigo hasta los tobillos talla Gulliver para que me entre la mochila portabebés y los jamones de jabugo de sujeto 2,  soborné a mi hija con galletas con las que encontraría migas hasta en las bragas, para que no me monte uno de esos pollos que vienen con efectos colaterales del sueño.

Y sintiéndome un perro verde, cojí a las supervivientes de un apocalipsis zombie que tengo como hijas, mi abrigo de señor sospechoso y nos fuimos en dirección a casa.

Al girar la calle, presencié la escena de  una madre que iba, como yo, con los ojos inyectados en sangre por no dormir, el cutis pantone anemia, un abrigo digno de museo y una hija que, tirada en la acera, le estaba montando una rabieta.

rabieta

Y por solidaridad me acerqué a ella, con la de murcia engullendo galletas sin masticar, la de Albacete tirándome del poco pelo que ha sobrevivido al postparto, y le dije “tranquila, esto lo vivo yo mínimo dos veces al día”. Y nos reímos. Sin decirnos nada. Llegando incluso a las lágrimas. Y la niña, de la impresión de vernos con aquellas pintas y quizá pensando que su madre estaba hablando con la señora del saco, fue bajando revoluciones poco a poco hasta que, cogiéndole la mano, le pidió que se fueran.

Nos despedimos y seguí el camino aún con el ataque de risa contagiando a sujeto 1, que reía con la boca llena de migas de galleta y sujeto dos que me dejaba ver medio piño fuera y un canino asomando.

risa

Y llegué renovada.

6 comentarios en “Herencia genética”

  1. Jajaja me retratas!! La cara color anemia, el trench de pelotillas (y conbotones descosidos), los locos pegados, el pelo como Punset…y más de una vez el jersey al revés o la bragueta abierta…Q miedito doy jajaj

  2. Yo también me veo reflejado… llevando además a la niña con los zapatos al revés, con los pies cambiados… mi cumbre como padre… bueno, igual no… igual fue cuando al recogerlos un día del cole les subo al coche, y nos vamos. Cuando llegamos al primer semáforo el mayor (de 6 años) me dice: “papi, a mi no me abrochas?”. Lo malo que no me ha pasado una sola vez… Aunque ahora que lo pienso, en una estación de servicio en un viaje a Bilbao, el niño tomandose un batido de chocolate, decía que no le gustaba, que no quería más… y su madre y yo “lo has pedido, no? pues ahora te lo tomas!”… cuando le vi la cara de asco durante tanto rato, me dio por probarlo… estaba agriado!
    Cual fue vuestra cumbre como madres o padres??

    1. Jajaajajajajajjaa me ha encantado tu relato! Pero lo que más, lo que más lo del cinturón. Yo le he dichi aquello de “jolin, si que estás patosa hoy…” y darme cuenta que le he puesto los zapatos al revés, o meterle el chupete para que no me monte un pollo y después delante de otras madres decírle que tiene que ir despidiéndose del chupete porque ya no es un bebé… 🤷🏻‍♀️

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